Hoy quiero escribir sobre cómo fue que empezó todo. Claro todo tiene un origen y no es el que explicaré aquí ahora, sino que todo empieza en todos mis años de vida. De niña meditativa, desde joven interesada por la cábala, el kybalion y el Busdismo. Provengo de allí, de meses como paciente en el Reiki y las Flores de Bach. Pero de esos orígenes otro día escribiré. Hoy quisiera contar cómo empecé con la Tanatologia.
Y digo la Tanatologia porque eso es lo que hago. Y es en lo que me formado después de año y medio pasándome cosas como ésta.
Hace ya bastantes años, tal vez 6 estaba en la tienda de La Tribu de Mamá, una tienda en que vendían cosas para la crianza, lactancia, embarazo... Todo bio, hecho a mano y muy bonito. Era un lugar en el que me sentía realmente a gusto y en el que a menudo hacía alguna parada en mis paseos con mi pequeña. La chica que lo creó me encantaba, mujer valiente, creativa, y de eterna sonrisa.
Aquel día pasó algo importante en mi vida y que me puso a prueba, sobretodo para conmigo misma.
Normalmente soy persona discreta, pero aquel día no lo fui. La encargada de la tienda hablaba con una amiga/clienta sobre una tercera chica: "Su madre está mal, parece ser que se está muriendo".
Sólo escuché eso y al marcharme, pretendía irme como siempre, pero mis pies no se movían del suelo. Y allí estaba yo, callada, delante de ella, sabiendo lo que quería decir y sin atreverme a hacerlo. "Cómo le voy a decir esto, se va a pensar que estoy loca y que me meto donde no me llaman". Tal vez fue un minuto pero a mi se me hizo eterno.
Finalmente, no se si cómo, me atreví a balbucear algo parecido a esto:
- He escuchado que se está muriendo alguien?
- Si- dijo ella-la madre de una amiga y lo están pasando muy mal, está sufriendo mucho.
- Creo que puedo ayudarla, si quieres díselo y le pasas mi número si ella lo quiere.
Ella no me preguntó nada, no dijo nada, solo hizo que si con la cabeza y su dulce mirada. Gracias a eso, a su reacción, no me sentí mal por entrometerme en algo tan intimo y personal. Ya había conseguido lo más difícil, romper el hielo y ponerme a disposición. Jamás había intervenido con personas cercanas a la muerte. Si con seres fallecidos que necesitaban ayuda. Con personas que habían perdido a alguien. Pero ésto no y lo mejor es que no me puse límites, mente, ni juicio. Simplemente me escuché y me hice caso. Me respeté.
No recuerdo cuanto pasó hasta que recibí su WhatsApp. Era la hija de la señora que estaba tan enferma. Solamente la conocía de pocos encuentros ocasionales, sin embargo, no hizo falta nada para que la comunicación fluyera. Sólo había un propósito, el bienestar de alguien amado y no hay nada más grande que eso.
Tampoco recuerdo cuantos días pasaron hasta que su madre marchó, pero si recuerdo que se entregó al proceso de acompañamiento sin reservas. Le pintó un cuadro precioso a su madre y siguió alguna indicación más que le pude transmitir gracias a que su madre también estaba entregada al buen morir, a morir en paz. Así estuvimos unos días, con comunicación diaria vía WhatsApp, en ningún momento vi a su madre personalmente, no es necesario, incluso es más fácil así, puesto que toda la interacción es alma a alma, sin interferencias.
Las enfermeras no lo podían creer. Su evolución tan desesperanzadora, de dolor y sufrimiento que ni los medicamentos paliativos hacían efecto cambiaron en cuanto dejó de sentir miedo a morir. El avance fulminante de una enfermedad que la destrozada por dentro, hacía prever una muerte dolorosa, pero algo había cambiado. Sin explicación aparente, el sufrimiento había remitido, también los derrames y a los pocos días moría sin sufrimiento.
Una noche M me escribió, le sabía mal puesto que sabía que tenia una niña pequeña y no quería molestar. Siempre tan cuidadosa del otro. Y yo agradecí su atención, pero era momento de estar por ella. Su madre había hecho un cambio, algo estaba sucediendo. No me puse nerviosa, pareciera que lo hubiera hecho toda la vida. Hay cosas que no se pueden enseñar, o al menos en mi caso no hizo falta que nadie me enseñara lo que tenia que hacer ni cómo hacerlo. Era algo integrado en mi, igual que al acompañar o liberar a personas ya fallecidas a pasar a la luz. Sin dudarlo ni perder tiempo me conecté con su madre, había llegado el momento. Estaba bien, un poco asustada, pedí un amoroso acompañamiento y un gran ser de luz la vino a buscar. Pude ver como se marchaba en paz. M. estuvo con ella en todo momento y tomada de la mano la sintió partir.
Me emocioné, aún lo hago al recordarlo. Sentí una gran paz. Y también una gran alegría porque había muerto sin dolor.
Esa noche lloré de pura compasión. De pura paz interior y entrega.
No entendía qué había pasado, cómo había sucedido pero eso no importaba.
Al la mañana siguiente, justo al pasar delante del tanatorio del pueblo, una mariposa blanca se acercó a mi y pareciera que era ella que me sonreía ligera y libre. Hija y madre estaban en paz, en proceso de duelo M. pero con el consuelo que se siente en el alma de la muerte sin sufrimiento y en paz.
Desde entonces me entregué plenamente. Y sigo a disposición cada día. Es de las cosas más bonitas que he sentido, es indescriptible. Y me da mucha paz.
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